A las 12.30 horas del 22 de noviembre de 1963 una serie de disparos rasgaron el ambiente festivo del Dealey Plaza, en Dallas, Texas, al paso de la comitiva presidencial. La multitud se agolpaba jubilosa en las aceras dando una calurosa bienvenida al presidente. Todo sucedió muy rápido, demasiado, Kennedy se echaba las manos al cuello, en un gesto de aturdimiento y dolor. Seguramente tuvo tiempo de comprender lo que estaba pasando. Y entonces otra bala destrozó su cabeza proyectando una fina lluvia de restos humanos sobre los guardas que seguían la limusina. Lo que continuó, dantesco también, su esposa, Jacqueline, gateando por el maletero para tomar un trozo de cerebro que allí había quedado. Y la huida, hasta el Parkland Hospital de Dallas, donde fue declarado muerto. El hombre más poderoso del mundo había sido asesinado salvajemente ante los ojos de millones de personas. Lee Harvey Oswald, un pobre diablo con relaciones anteriores poco claras con el comunismo, fue detenido y culpado ...
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